Un día pasa, pasa que llegas a casa a las ocho y media de la tarde, te echas en la cama, dispuesta a encerrarte en ti misma cuando una lluvia de recuerdos empieza a asolar tu mente. Intentar evadirte, pero imágenes de tiempos pasados llenan tu cabeza. Buenos tiempos, sí, pero pasados. Decides salir a la calle, intentar despejarte, que el viento golpee tu cara, fuerte, muy fuerte, para que todas esas imágenes se esfumen. Caminas y caminas, pero parece que lo único que ves son los lugares en los que estuviste con él: un parque, una fuente, una esquina, un garaje, un banco, el escaparate de una tienda, un bar, la plaza del pueblo, otro bar, una zapatería, el colegio, la tienda de golosinas, incluso el patio trasero de un edificio bajo la atenta mirada de las estrellas. Es entonces cuando te das cuenta de que son las nueve y media de la noche, que está empezando a llover, y que llevas una hora dando vueltas pensando en la misma persona; esa que significó tantísimo para ti pero que ya no está. O, mejor dicho, está de manera indirecta, porque lo nuestro es un circulo vicioso, amor-indiferencia-amor. Aunque si es cierto que puede que vuelva, dicen que el karma devuelve las acciones buenas y malas de las personas, y así equilibra el universo, el problema es que puede que cuando al universo se le antoje devolvérmelo, puede que yo ya lo haya olvidado, pero sólo puede, porque cuando una persona vale tanto que hasta forma parte de ti, hayas durado lo que hayas durado, una semana, un mes o una vida, nadie te borra esa cicatriz. Y ahora, a las diez menos cuarto es cuando llegas a casa con la ropa empapada y las gotas de lluvia camuflando tus lágrimas. También es cuando tu madre te pregunta: -¿Dónde has estado? +Por ahí, mamá, necesitaba despejarme.
Cuando la verdad es que has estado recordando momentos inolvidables, momentos transcurridos en cuatro fugaces meses, casi medio año. El mejor ''casi medio año'' de toda mi puta vida.












